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Entrevista Revista consejeros, octubre 2013

noviembre 12, 2013

Dilema de un editor:

Sobre los libros de empresa y sus lectores.

¿Qué es lo que hay que editar: lo bueno o lo que vende?

Todo empezó con una conversación, café por medio, sobre periodismo y publicaciones, sobre calidad de textos, sobre nuevas tecnologías, sobre ventas…

Cuando uno se relaja y está en un ambiente amigable deja traslucir sus emociones. Hay quien sabe captarlas y ahí mismo me pidieron escribir este artículo. Un texto que por un lado mostrara la tristeza del editor que comprueba que la gente no lee lo que debería, y que por el otro contestara a la pregunta de si hay que dejar de editar un libro porque sólo le interese a 500 personas.

Ser editor de libros de temas empresariales es una bendición. Tener la oportunidad de leer cientos de manuscritos, propuestas y libros publicados en otros idiomas, le brinda a uno la posibilidad de conocer todo el amplio espectro del pensamiento humano respecto a la mejor forma de gestionar las empresas, la propia carrera y la vida en general.

Tener que elegir cuáles de todos esos textos publicar bajo el propio sello editorial es una grata responsabilidad que uno adquiere con los futuros lectores del libro.

Ver como los textos más brillantes, reflexivos y con fundamento venden pocos ejemplares mientras que los textos más livianos y banales, sin una base sólida, se venden como pan caliente, es una gran frustración.

¿Cómo es que una bendición y una grata responsabilidad se convierten en una gran frustración?

¿Quién tiene la culpa? ¿los lectores, los autores o los editores?¿Hay algún culpable?

Veamos primero cual es nuestra realidad.La experiencia  muestra que son pocos, muy pocos, los libros realmente serios que logran ser un éxito y que, por lo tanto, la mayoría de best sellers son libros si no malos, al menos no muy serios.

A grandes rasgos, y simplificando mucho a efectos pedagógicos, se pueden dar cuatro grandes situaciones:

1.- Los libros son malos y no venden (la gran mayoría). El autor y el editor de ese libro han hecho mal su trabajo y el público ha reaccionado como corresponde, no comprándolo.

2.- Un libro bueno tiene éxito (la gran minoría). Autor y editor han hecho bien su trabajo y los lectores han respondido coherentemente, comprándolo.

3.- Un libro malo tiene éxito. A pesar de que autor y editor han hecho un trabajo mediocre, el lector lo compra.

4 Un libro bueno, no vende. A pesar de que autor y editor han hecho bien su trabajo, los lectores no responden.

Las dos primeras situaciones no plantean dilemas. Son las otras dos situaciones las que frustran a un editor, y su primer rencor se dirige hacia los lectores ¿Cómo pueden comprar esas porquerías y no comprar lo bueno?

¿Por qué los libros que el editor cuidó con tanto mimo y esmero durante el proceso editorial, y que tienen tanto para contar y ayudar a la gente a ser mejores personas y profesionales, no tienen repercusión, mientras que otros textos escritos por algunos cantamañanas con poco esfuerzo y llenos de consejos de dudosa utilidad, publicados sólo para intentar vender, logran captar la atención del público?

Pero más allá de esa primera reacción, no tiene sentido culpar al lector ya que es el cliente, y se sabe que el cliente siempre tiene la razón. Si compra eso es porque quiere eso. Lo que nos lleva a la siguiente pregunta ¿Qué hace que un libro sea bueno o malo?

Una vez planteado el problema hay que huir de la dicotomía bueno-malo. La calidad de un libro es una cuestión subjetiva ya que todo libro tiene que ser complementado por el lector. El autor propone una lectura que debe ser aceptada y ampliada por el lector.

Además, todo libro, y en especial los libros empresariales, tienen un propósito concreto, una finalidad, un para qué. Algunas novelas pueden aspirar a ser universales, en el sentido de que le interese a todo tipo de personas, pero un libro de no ficción suele apuntar a un público concreto. Es decir que hay libros que son buenos para determinadas personas, en determinada situación y en determinado momento y malos en otras circunstancias.

La calidad de un libro para el lector no consiste tanto en cómo está escrito, sino en las ideas, sentimientos, reflexiones o emociones que le despierta y ahí los editores no tenemos mucho que decir, podemos entrar en el texto (en su fluidez, en su estructura y facilidad de lectura), pero no en la forma en que el lector lo complementará.

Si esto es así, quiere decir que la culpa de mi frustración es sólo mía. Si un libro se vende mucho es porque le ha servido a mucha gente. Si yo considero que ese libro es malo tal vez es simplemente que ese libro no es para lectores como yo, sino para otro tipo de lectores que lo consideran bueno.

Pessoa decía que “el error central de la imaginación literaria consiste en suponer que los otros son como nosotros” así que si un libro que considero bueno no vende es porque estoy extrapolando mal.

Pero esta clasificación de la bondad de un texto en base a las ventas o la popularidad que tiene no me deja satisfecho, puesto que existen muchas razones por las cuales un libro se vende o no, más allá de su calidad intrínseca.

Recuerdo que, por su propia esencia, algo que sea popular o masivo tiene que ser mediocre. Algo muy avanzado no puede ser entendido instantáneamente por las grandes mayorías. Las grandes mayorías sólo entienden lo que es de calidad media para abajo, aunque lógicamente, lo que hoy es avanzado puede llegar a ser popular en algún tiempo, pero nunca al momento de su lanzamiento.

¡Cuántos artistas y pensadores han muerto incomprendidos por ser demasiado avanzados! Pero es así como evoluciona la humanidad. Un grupo de vanguardistas explora los límites en busca de un hueco y luego que lo descubre, algunos divulgadores avivados -utilizando un lenguaje carente de aristas, simplificado en demasía para las masas- lo convierte en popular, en mediocre.

Siempre he estado en contra de las jergas específicas de las profesiones que excluyen a quienes no son del grupo, pero esto no se combate con excesivas simplificaciones del lenguaje ya que estas nos pueden llevar a perder la capacidad de razonar adecuadamente. George Orwell decía que “el pensamiento tonto ha llevado a usar un lenguaje impreciso y ese lenguaje descuidado ha hecho más fácil tener pensamientos tontos”.

He ahí el quid de la cuestión. Desde el punto de vista del negocio editorial, lo ideal sería tener sólo esos repetidores del talento ajeno, utilizando simplificaciones distorsionantes, ya que solo con los vanguardistas no hay negocio que sobreviva.

Pero sin vanguardistas y sin un texto sencillo pero refinado, no hay evolución del pensamiento, ni del negocio, ni de la especie humana.

El dilema del buen editor tal vez se resuelva publicando una reducida cuota de vanguardistas que vendan poco, pero que nutran de material a la horda de divulgadores que vayan luego tras su estela y que sean estos quienes permitan financiar la vanguardia. Así seguirán surgiendo nuevas ideas y yo evitaré mi frustración. ¡Ya me siento bien, gracias!

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